Edición: 05 de Marzo del 2010 - Ver última edición
Entrevista con Orso Arreola
Juan José Arreola, su preceptor y su visión del escritor
Alfredo Montaño Hurtado

 (Segunda y última parte)

Siendo así Arreola el autor de una amplia obra que comprende, entre otros títulos, los libros Varia invención (1949), Confabulario (1952), Bestiario (1958), La feria (1963), Palindroma (1971), Inventario (1976) y Antiguas primicias (1996), también por su inclinación enorme por la literatura francesa y su admiración de la obra del escritor Paul Claudel, le preguntamos a su hijo Orso Arreola:
—¿Y cómo los surrealistas? —pero de inmediato responde.
—Menos. Mi padre se aleja mucho de Octavio Paz por esa razón. Digamos que, para lo que Octavio Paz significó André Breton y el movimiento surrealista, mi papá los veía y los leyó, desde luego, con cierta curiosidad. Pero no asumió el vanguardismo que ellos representaban en un momento dado. En ese sentido, sí, con Paz es totalmente opuesto, porque los surrealistas no representaban, literariamente, en este caso, lo que Juan José Arreola consideraba la gran literatura. En algún momento dado, hasta él podría pensar como le sucedía muy frecuentemente en la pintura, en el arte, que eran tomaduras de pelo muchas de las propuestas surrealistas, y de hecho lo fueron y eran burdas y contestatarias, irreverentes…
— ¿Y cuáles pudieron haber sido las influencias que pudo haber tenido Juan José Arreola para escribir cuentos del estilo de “El Guardagujas”?
— Bueno, a propósito de eso, de “El Guardagujas”, me queda muy claro que, por ejemplo, en una ocasión en los sesentas se publicó una antología francesa sobre cuentos de humor, de humor extraño, distintos tipos de humor, y aparecía “El Guardagujas” y en la nota que acompañaba al cuento, una parte al hablar en general del escritor mexicano Juan José Arreola se refería que, en el cuento, había huellas de Franz Kafka, pero que en ese cuento el discípulo había superado al maestro. En cierta forma Borges también lo dijo de alguna manera. Dijo: “Bueno, Arreola es más libre que Kafka”. Inclusive es un término curioso, Borges mencionó: “Es menos mecánico”; y no sé si se refería a sintaxis, por ejemplo, o a estilo.
—¿Más fluido?
—Más fluido, porque de Kafka sí debemos reconocer que es difícil en cuanto a su escritura. Y en ese caso, Borges y esta antología francesa, que no recuerdo al antologador, hacían alusión a eso. Desde luego que Juan José Arreola tenía un gusto muy grande por Kafka. Pero igual hay otros autores. Por ejemplo, él solía decir también que tenía una influencia de Papini. Pero, en cierta manera, yo creo que, al menos en el sentido de literatura francesa, que es de lo que estamos hablando, por ejemplo, hay un autor que es Marcel Schwob, muy olvidado, aunque muy querido de Arreola. Marcel Schwob sí tiene un estilo, unos cuentos, sobre todo las Vidas Imaginarias, uno de sus libros, que es hermosísimo, donde vienen textos breves; y, bueno, desde luego una prosa yo diría muy ajustada, una prosa rigurosa, a final de cuentas. En Arreola por ejemplo, cuando Octavio Paz, Homero Aridjis, Alí Chumacero y José Emilio Pacheco publican la antología Poesía en movimiento, de la Editorial Siglo XXI, incorporan algunos textos de Arreola porque francamente los consideran poemas. Y yo digo: “Sí; en Arreola hay muchos textos que son poemas en prosa, y en este sentido sí encuentro una relación con otros autores clásicos, lo que ocurre es que, en un momento dado, cuando se habla de vanguardia y de los movimientos literarios del siglo XX, suele ya verse a cierto tipo de escritura como anacrónico. Entonces, a pesar de su anacronismo, que era una manera de ver de Octavio Paz, en un momento dado, no lo decía él negativamente, no era decir en esta escritura de Arreola es un anacrónico, no. Lo decía sobre todo fuera del tiempo. Una escritura fuera del tiempo. Pero sobre todo en lo que escribió Paz, tú puedes encontrar en su obra unas seis referencias a Arreola muy importantes. En un texto que se llama “Arreola y Saladino”, donde creo se refiere también a Jaime Sabines, Paz escribió cosas muy notables y con ese ojo crítico suyo que es maravilloso como ensayista. En ese aspecto, él le tuvo siempre un reconocimiento del cual yo fui testigo. Inclusive yo llegué a tratar a Paz en lo personal, brevemente en tiempo. Pero sí conversamos en varias ocasiones, y me parece que él siempre le tuvo una gran admiración a Arreola; igual se la tuvo a don Alfonso y a otros escritores muy importantes de generaciones anteriores a la de Arreola, como podría ser el propio Agustín Yáñez, o quizás otros como González Martínez.
— ¿Pero también a Juan José Arreola le gustaba recoger el relato de la tradición oral, para obras como La Feria, no? Mezclaba mucho lo clásico con lo contemporáneo.
—Sí. Sí. Aquí ese tema que has tocado es muy importante, fíjate. Te voy a decir por qué. A reserva de que sigamos conversando, ya sea que yo vaya a Colima o que tú vengas acá; pero, bueno, tú sabes que un amigo muy cercano aunque más joven que Arreola, que vive aquí todavía en la ciudad de México, pero que es de aquí de Autlán, Jalisco, el maestro Antonio Alatorre, él lo analizó. Sí es importante respecto a lo que acabas de decir hablar de Antonio Alatorre, porque él es el lingüista, entiendo yo, más prestigiado que ha habido en México en los últimos tiempos. Discípulo de Reyes, de Raymundo Lira y de los fundadores, precisamente, de la Casa de España en México, y también discípulo de don Daniel Cosío Villegas. Antonio Alatorre es un gran personaje y se conocen él y Juan José Arreola en Guadalajara en 1942, aproximadamente en el 42 ó 43, y fundan la Revista Pan, y, por cierto, ahí aparece Juan Rulfo también. Porque inclusive en el número 2 ó 3 de la revista le publica mi padre dos cuentos. Se lo presentaron amigos comunes en torno a la familia Díaz de León de Guadalajara, y Antonio y mi padre tratan a Juan por primera vez en estas condiciones, y Juan Rulfo les da dos cuentos para que aparezcan en la revista. Ahí es el primer encuentro entre ellos, ¿no? Pero sí, La Feria es el rescate, la vivencia personal lingüística de Arreola aquí en Zapotlán. De hecho fue en su origen, más que novela un intento posiblemente de carácter autobiográfico, porque las primeras notas sobre La Feria datan de mediados de los años cincuenta y quedaron como apuntes nada más. Sí, de hecho para Juan José Arreola había toda una, digamos, idea lingüística de rescatar vocablos, palabras de esta zona de Jalisco, En alguna ocasión le llegó a plantear esto a don Alfonso Reyes en el Colegio de México, de hacer un vocabulario de la región de Jalisco. Había en él una serie de intereses que iban yo creo desde el formal, como podría ser encontrar palabras antiguas de uso, arcaísmos todavía, que a través de los siglos se conservaban en esta región. Formas de hablar, formas de ser. Entonces, él ya traía la idea. No lo llevó a cabo. Pero no sería mala idea que alguien lo hiciera: el vocabulario del Sur de Jalisco. Y de hecho, la novela, en ese sentido, diría yo, es una fotografía verbal, del lenguaje que se usó especialmente en los años veintes, veintes, treintas, cuarentas, quizá hasta los cincuentas. Es el periodo lexicológico, no sé, si sea de uso del lenguaje en el cual él se desarrolla, por ejemplo, la niñez, la adolescencia. Recordar una cantidad de palabras relacionadas con el campo, con los cultivos; en cierta manera, con las otras tradiciones, con las cuestiones religiosas también. Creo que ahí hay una riqueza, y que él era filólogo sin habérselo propuesto. Pero finalmente acabó admirando enormemente a Coromina cuando publicó en los sesentas su primera edición del Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Española. Era el libro de cabecera, durante mucho tiempo, para conocer la historia de una palabra. En el caso de Zapotlán, él tenía mucho la idea de poder conservar ese lenguaje; y, yo diría, salvarlo a través de la escritura, porque el valor sería testimonial y, sobre todo, por el hecho de que la novela es polifónica. Desde que se publica la novela hay una controversia respecto a su estructura. Curiosamente es casi contemporánea de Rayuela de Julio Cortázar, que es una novela también con una estructura que propone una lectura alterna, otra forma de novelar. Entonces, sí creo que Juan José Arreola en La Feria nunca se propuso la idea de hacer una novela de corte tradicional. Tú y yo estamos acostumbrados a conocer a los grandes novelistas y tenemos una idea, yo diría, que hasta preconcebida de la estructura de una novela, en cuanto a su inicio, desarrollo, desenlace, el manejo de los personajes y los planos de realidad y del tiempo, y la novela es una construcción. Ayer comentaron algo en la presentación de tu libro, ¿no? Desde luego, Arreola le apostaba mucho al cuento por varias razones. Yo creo que de tiempo, de trabajo, de lo que él llamaba la Santa Constancia, que no la tenía. Siempre eludía aceptar que era un escritor profesional; no le gustaba ni el término, ni la forma de verse así. Él pensaba más bien decir: “Bueno, yo soy un amateur, una gente que, sí, claro, goza de la literatura. Vive para la literatura”. Pero no; nunca se consideró un escritor serio. No se tomaba él en serio como escritor. Eso es muy importante. Sí sabía él que, como yo lo digo en El Último Juglar, en el Prólogo, él era más artista que escritor. En cierta manera, porque la vida que él llevó era más la de un artista que de un escritor, tal como la podríamos entender. Entonces, qué mejor ejemplo que don Alfonso Reyes y Octavio Paz, como creadores de obras muy extensas y hombres que yo vi, sobre todo a Paz, y sabía cómo trabajaba él diario. No salía a la calle. Él tenía su tiempo muy contado. Es muy curioso, porque Reyes y Paz eran muy metódicos y tenían la Santa Continuidad. Arreola era todo lo contrario. En ese sentido, solamente escribió cuando, lo diría Rilke, cuando verdaderamente sintió que tenía que hacerlo, que no podía vivir sin escribirlo.
—¿Él conoció y recurrió mucho a la obra de Rainer Maria Rilke?
—Desde luego que leyó toda la poesía de Rilke. Inclusive de Rilke leyó parte de la poesía en francés. Desde luego que sí. Sí. Podemos decir que era uno de sus autores predilectos, porque con Rilke pasa que se olvida la gran obra, ¿no? Lo primero que debe haber leído son los Cuadernos de Malte, y luego, bueno, El libro de horas, y tantos libros de Rilke.
—¿Y La muerte del Corneta Cristóbal Rilke?
—¡Ah sí; cómo no! Ese texto le impresionaba mucho a mi padre; inclusive quiso aprendérselo en alemán. Pero te voy a contar esa anécdota. Aquí yo tengo videos en esta casa. Estoy reuniendo videos y hay uno de aquellos años, de hace muchos años, donde él estaba tomando una clase de alemán, y se lo propuso él. Yo me acuerdo, que fuimos por ahí a una librería alemana, y compró una edición de El corneta Cristóbal Rilke. Tan me acuerdo, que, bueno, yo lo leí en traducción al español. Pero en alemán empieza: “Cabalgar, cabalgar, cabalgar durante el día, durante la noche…” Ese ritmo es muy especial, ¿no? Mi padre, fue mi único maestro, en realidad. Se oye un poco extraño, pero, bueno, conviví mucho con él lo literario. Entonces sobre ese poema en particular sentía una fascinación. Claro, con él yo recorrí muchos caminos. Él lo leía en francés. Normalmente leía a autores extranjeros. Como el francés era su segunda lengua, los leía a los franceses, y esto es importante porque siempre hubo grandes traductores, sobre todo en la Colección “La Pleyade”, que era la que incorporaba grandes autores de la literatura universal a la lengua francesa. Y digamos que él tenía ese abrevadero.
—Y aquí en esta Casa Taller “Juan José Arreola”, se exhiben ejemplares de las ediciones traducidas del Confabulario al francés.
—Sí.
—Y luego vi una pequeña…
—Ahí están algunos cuentos al ruso. Vino el año pasado aquí, en septiembre, un maestro ruso, que lo invité. Vino desde Rusia. La tradujo en el 2002. Él radicó un año en Guadalajara; es miembro de Instituto de Ciencias de Rusia, y. por las conversaciones que tuve ahora con él, llegué a la idea yo por lo menos de que debe ser uno de los lingüistas expertos de Rusia actualmente. Él estudió en diversos lugares y desde luego hizo el doctorado en Rusia, nada menos sobre la obra de José Martí. Es experto en literatura hispanoamericana y en particular latinoamericana. Un buen día llegó a Guadalajara con la idea de traducir a Arreola. Hicimos amistad. Mi padre ya estaba muy enfermo. Lo llevé para que lo viera a su casa. Lo vio en su lecho, y no tuvo más contacto con Arreola que ése. Mi padre ya casi no podía hablar. Pero el día que fue ese lingüísta sí habló. Creo que le recitó un poema de Pëllicer. Y mi padre, ya estando en convalecencia franca, muy evolucionado su padecimiento, todavía recordaba a veces cuando hablaba. Le venía como un relámpago. Le gustaba recitar, y, bueno, yo también le recité algunos poemas que a él le gustaban, porque sí escuchaba. Sí tenía una percepción. El caso es que va este hombre. Es un lingüista, Yuri, y entonces, en parte eso, además él fue muy sincero conmigo, me dijo: “Mira, yo aparte de mi trabajo de traductor, trabajo en el equipo número uno de Rusia de traductor al español. Y punto. Si yo tengo una duda o someto un texto a consideración, ahí se delibera. Se le hace alineación y balanceo, ¿verdad?”. Como diciendo: “No te creas que nomás soy yo. Soy yo, más todo un equipo que está detrás de mí”.
Así recordó Orso Arreola cómo surgió esa traducción al ruso y la edición de esos cuentos de Juan José Arreola.
Como ya se sabe, en una carta fechada el 20 de septiembre de 1954, Julio Cortázar compara a Arreola con un flechador de extraordinaria puntería, cuando habla de Varia invención y Confabulario, señalando que la casi totalidad de los cuentos de ambos libros dan de lleno en el blanco y se lo siente desde la primera línea, considerando que es fulminante y fatal. Sin embargo, en otra carta de Cortázar dirigida a Octavio Paz desde París, el 31 de julio de 1956, tras informarle haber terminado “la lectura —y en gran parte la relectura y hasta la archilectura— de El arco y la lira..”, y una vez expuestos ampliamente sus puntos de vista acerca de esta magnífica obra ensayística recién escrita, Cortázar le dice: “Gracias, Octavio, por mandarme su obra, y escríbame alguna vez diciéndome en qué anda y si piensa darse una vuelta por París. De las gentes que usted conoce puedo decirle que veo a Sergio, que está pintando como un verdadero león (un león zodiacal, magnífico). He perdido de vista a Serrano Plaja. Tenemos tan poco que decirnos… Creo que a fines de octubre me voy a la india con la Unesco. Aprovecharemos mi mujer y yo para quedarnos un mes y medio y ver todo lo que podamos en tan poco tiempo. De los amigos de México (a quienes sólo conozco por cartas y por hechos y por las excelentes cosas que escriben) tengo ya como una especie de nostalgia futura, es decir que los extraño aún sin conocerlos personalmente. Aludo a Fuentes, a Arreola, a los Alatorre…”. Hasta allá hacía eco la obra de Juan José Arreola y de Antonio Alatorre, quien alguna vez manifestó cómo algunos textos en prosa de Arreola eran de factura poemática, y que esa maestría y ese esplendor lingüístico no son exquisiteces 'formales', piruetas en el vacío, sino la sustancia misma de un sentir y de una actitud vital.

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